¿Qué es la verdad?

Desde el principio, el ser humano se ha preguntado cuál es la verdad. ¿Cuál es nuestro origen? ¿Por qué estamos aquí? ¿Qué hay después de la muerte? ¿Hay respuestas para estas preguntas? ¿Es posible conocer esas respuestas? ¿O debemos, más bien, crear nuestra propia “realidad” por medio de formarnos una opinión sobre estos asuntos?

Existe gran cantidad de opiniones y por lo tanto, muchos aseguran que resulta imposible saber las respuestas verdaderas. ¿Tienen razón? ¿O es posible conocer la verdad de algo sin que quede lugar a dudas? Te pido considerar esta pregunta conmigo mientras te imaginas el siguiente escenario:


Imaginemos que escogemos al azar a diez personas de una ciudad media para participar en un diálogo sobre la verdad. Específicamente, queremos saber la verdad acerca de las principales preguntas de la vida, como: ¿Cuál es nuestro origen? ¿Por qué estamos aquí? ¿Adónde vamos después de la muerte? ¿Existe el bien y el mal?

Para comenzar, pedimos que cada uno dé su opinión sobre las cuestiones a tratar. Como es de esperar, recibimos diez opiniones totalmente distintas. Cada uno basa su cosmovisión sobre fundamentos distintos. Sin embargo, comenzamos a dialogar, debatir, y argumentar con la esperanza de llegar a un consenso general y determinar de una vez por todas qué es la verdad.

La discusión avanza y se hace patente que cada uno del grupo está plenamente convencido de su versión de la verdad. Nadie está dispuesto a dejar su opinión para aceptar la de otro. Finalmente nos damos cuenta de que nadie cambiará de opinión, mucho menos los diez. Llegar a un consenso sería imposible, así que nos damos por vencidos y decidimos irnos a casa.

Sin embargo, antes de marcharnos, un hombre se acerca al grupo. Nos dice que él puede darnos respuestas definitivas a las preguntas que nos hemos planteado. Lo miramos con escepticismo. Le explicamos que hemos debatido largamente y no hemos podido llegar a conclusiones. Le preguntamos:

—Señor, ¿por qué cree usted que su opinión sobre la verdad sí es la correcta?

—Yo les daré más que una opinión —nos responde el hombre—. Yo puedo darles también la prueba que respalda lo que digo.

El comentario nos hace detenernos un momento. Es cierto que nadie ha ofrecido pruebas hasta ahora. ¿A qué clase de pruebas puede referirse este hombre?

—Bueno, señor —le respondemos—, nos interesa oír su versión ya que dice que tiene la prueba. Reconocemos que nosotros no hemos podido hacer más que expresar opiniones. Pero, cuéntenos, ¿cuál es esa prueba? Debe ser algo indubitable, porque estamos tratando cuestiones de la más alta importancia. Esa prueba tendrá que ser irrefutable para que podamos aceptarla.

El desconocido responde:

—Muy bien, voy a hablarles de la verdad. Luego voy a permitirles que me maten y me entierren. Si me quedo en el sepulcro como cualquier otro hombre, nada de lo que haya dicho es cierto. Sin embargo, si resucito después de tres días, todas mis palabras son ciertas.

Todos lo miramos fijamente, y después nos miramos unos a otros totalmente asombrados. Ciertamente, se arriesga. En la historia de la humanidad nunca nadie ha hecho semejante apuesta. Y si alguien la hizo, fracasó rotundamente. El hombre tiene que estar desquiciado.

Por otro lado razonamos que pudiera tener la clave de la verdad fundamental. La única manera de saberlo es aceptar su oferta. Si no ocurre el milagro de todos los milagros, desechamos todo lo que haya dicho y seguimos con la vida. Por otra parte, si ocurre lo que dice que ocurrirá, solamente un loco pudiera rechazar su versión de la verdad.

—Está bien, señor. Aceptamos su propuesta. Así que cuéntenos su versión de la verdad antes de que lo matemos.

El desconocido comienza por explicarnos que hay un Dios, Creador de todo lo visible e invisible. Dice que este Dios estableció leyes que nosotros, los seres humanos, debemos obedecer. También dice que violar esas leyes es pecado. Dice, además, que los que cometen pecados son siervos del pecado y que, finalmente, serán destruidos en un lago de fuego llamado Infierno. Nos explica que el infierno es un lugar de tormento eterno, y que debemos hacer cualquier cosa para evitar ese lugar.

Todo esto del pecado y del castigo eterno empieza a incomodarnos. Pero entonces recordamos que lo feo del relato no tiene importancia. Lo que importa es saber si lo que dice es cierto. Así que tendremos que esperar la prueba prometida. Si se queda en el sepulcro después de tres días, nadie tiene que preocuparse por ese lugar llamado infierno. Sin embargo, si resucita para probar lo que dice, tendremos que aceptar sus palabras aunque no nos gusten.

El desconocido sigue con unas declaraciones asombrosas de sí mismo. Dice que es el hijo, el único, del Creador del universo. Dice que es el camino a Dios y que nadie llega a Dios si no es por él. ¡Hasta se atreve a decir que él, este hombre en nuestra presencia, es uno con Dios!

—¡Vaya! —dicen unos entre nosotros—. Este señor sí tiene orgullo. Ahora sabemos que está desquiciado.

Hay unos más cautelosos que nos aconsejan no juzgarlo tan pronto. Y con sabiduría comprendemos que sólo hay orgullo si las declaraciones son falsas. Tendremos que esperar la prueba. Si resucita como dice, no queda más opción que creer todas sus declaraciones fantásticas.

Al fin llega el momento de tomar a este hombre y su versión de la verdad y someterlos a la prueba de los siglos. Sin ninguna oposición, el hombre nos permite matarlo. Lo sepultamos en un lugar bien conocido por todos nosotros. Empleamos guardias armados para vigilar el sepulcro. No queremos que nadie meta la mano en el asunto. Después esperamos.

A los tres días comenzamos a oír reportajes de que el sepulcro se encuentra vacío, y que gran cantidad de personas han visto vivo al hombre. Interrogamos a los guardias, pero están confundidos y no saben qué ha sucedido con el cuerpo que guardaban. Las pruebas nos indican cada vez más que el desconocido, que predijo resurrección, ha hecho exactamente lo que dijo. Cada uno de nosotros comienza a luchar con la decisión más trascendental de la vida. Nos hacemos la pregunta: «¿Aceptaré la prueba y la verdad de las declaraciones que hizo este hombre? ¿Creeré a los testigos y reconoceré la autoridad del Hombre sobre mí? ¿Qué haré con mi vida ahora que conozco la verdad sobre las leyes de Dios?

Muchos se limitan a cerrar los ojos para no ver las pruebas. Luego deciden formar su propia opinión sobre quién, en realidad, era el desconocido.

Hace dos mil años un Hombre llamado Jesús de Nazaret hizo declaraciones muy parecidas a las de arriba. La gente dudaba de ellas y le pidieron pruebas, lo cual es comprensible. Jesús predijo su resurrección. La conclusión arrolladora, basada sobre las pruebas históricas, es que Jesús resucitó.

Amigo, si buscas la verdad, te insto a buscar la respuesta a la pregunta más trascendente de todos los siglos: ¿Resucitó Jesús de entre los muertos sí o no? Si Jesús no resucitó, no te queda más que escoger entre una gran variedad de creencias, religiones y filosofías sobre la vida. Son muchas, y no son más que filosofías.

Sin embargo, si Jesús resucitó, toda la verdad se encuentra en él. Jesús se convierte en la regla con la que medimos cualquier otra verdad.


Si eres creyente, ¿cuáles serían las evidencias que pudiera presentar que el evangelio es verdad? Las evidencias de la creación, la arqueología, y la profecía cumplida son muy poderosas. Sin embargo, nada compara con la evidencia convincente de la resurrección literal de Jesús. Si quieres estar siempre preparado para presentar defensa al que demande razón de la esperanza que hay en ti, estudia las evidencias históricas de la resurrección de Jesús de los muertos. Al presentar esas evidencias y su significado, estarás siguiendo el ejemplo de los primeros discípulos. Desde el principio del libro de los Hechos hasta el fin, anunciaron “en Jesús la resurrección de entre los muertos”.

“Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús” (Hechos 4:33).

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